La POSADA del Cielo — Tercera entrega
Publicado el 15 de mayo de 2025.
En esta tercera visita a la Posada del Cielo, Juan Rulfo se sienta frente a un campesino salido de Comala para hablar del calor que no se apaga, de las voces que no se callan y de la condena de seguir viviendo en la memoria y en las páginas de un libro.
Publicado el 15 de mayo de 2025.
En esta tercera entrega de La Posada del Cielo, Juan Rulfo se sienta frente a uno de sus muertos para escuchar, entre tragos y silencios, cómo Comala sigue ardiendo en las voces que él mismo escribió y en la memoria de quienes no pueden desprenderse del recuerdo.
Juan Rulfo y un habitante de Comala (1)
«Seguir habitando un lugar que ya no existe» (1).
Aquella noche la Posada del Cielo estaba más quieta de lo habitual, como si hasta las sombras anduvieran con cuidado de no hacer ruido. Había limpiado por tercera vez la misma mesa y estaba pensando, sin demasiadas ganas, en qué tipo de clientes vendrían cuando ya no quedaran pueblos por olvidar, cuando sentí que la puerta se abría con un chirrido que no pertenecía a este lugar, sino a una bisagra vieja de la tierra.
No era el viento, era otra cosa. Un aire reseco, de tierra pisoteada por generaciones de pies cansados, entró primero que ellos. Luego vi la silueta de un hombre delgado, de pasos cortos, sombrero en la mano, con la mirada de quien ha pasado demasiada vida escuchando voces ajenas. Lo reconocí antes de que se sentara en la mesa del fondo: traía el silencio de la llanura en los hombros. Me encontraba ante Juan Rulfo.
Detrás de él venía otro, un campesino de rostro gastado, como si la piel se hubiera ido desprendiendo poco a poco, dejándole apenas una máscara suficiente para seguir hablando. Tenía las manos vacías, pero las apretaba como quien se aferra todavía a algo que ya no está.
—Buenas noches —dijo Rulfo, con un hilo de voz que sonaba más a tierra que a aire.
Se sentó, dejó el sombrero sobre la mesa y miró alrededor con una mezcla de curiosidad y resignación, como quien llega tarde a un lugar que sabía que existía, pero al que no se había decidido a entrar.
El otro hombre, el campesino, no se sentó hasta que Rulfo hizo un leve gesto con la mano, como invitándole a ocupar la silla frente a él. Se acomodó con torpeza, como si no estuviera acostumbrado a que el cuerpo le obedeciera.
—¿Qué les sirvo? —pregunté, acercándome con la botella que la posada reserva para los que llegan con polvo de siglos en los zapatos.
Rulfo no respondió de inmediato. Miró la botella como si reconociera algo en ella: tal vez el reflejo amarillento de las mezcaleras de su Jalisco, tal vez el brillo de una hoguera lejana en medio del llano.
—Lo que usted quiera —murmuró—. Aquí uno ya no está para escoger mucho.
Serví dos vasos. El campesino los miró como quien mira un milagro o un recuerdo. Alzó el suyo con cierta desconfianza, lo olió, y luego bebió un sorbo prudente, como si temiera que el trago lo devolviera de golpe a la sed de Comala.
—¿Sigue haciendo calor allá abajo? —preguntó Rulfo sin mirarlo.
El campesino dejó el vaso en la mesa, con cuidado de no hacer ruido, como si todavía temiera despertar a alguien.
—No se ha ido nunca —respondió—. En Comala el calor se queda pegado a las paredes, como los rezos. Uno cree que se muere y deja de sentirlo, pero no. Se queda.
En la Posada se oyó entonces un eco que no venía de los muros, sino de un lugar muy anterior a ellos. Me di cuenta de que ese pueblo, Comala, había entrado con ellos, enrollado en las suelas de sus zapatos y en las sílabas de sus frases.
—¿Y las voces? —preguntó Rulfo—. ¿Siguen hablando?
El campesino se inclinó hacia adelante, como si de pronto el peso no fuera el cuerpo, sino la memoria.
—Eso nunca se acaba —dijo—. Allá abajo uno no se muere del todo. Se queda en la garganta de los otros.
Se oye a los padres llamando a los hijos que no volvieron, a las mujeres pidiéndole cuentas a los hombres que se fueron sin despedirse, a los muertos reclamando a los vivos y a los vivos diciendo que ellos no tienen la culpa.
Bebió otro sorbo, esta vez más largo.
—A veces uno cree que se ha quedado solo —continuó—, pero es mentira. Lo que pasa es que las voces aprenden a hablar bajito, para que duela más cuando uno las reconoce.
Yo, desde la barra, pensé que ya conocía esa clase de ruido: aquí, en la Posada del Cielo, hay noches en que los clientes no hablan con palabras, sino con ese murmullo de recuerdos que no encuentran asiento.
Rulfo se pasó la mano por el rostro, como tratando de quitarse un polvo que ya no estaba.
—Te oí hablar antes de conocerte —dijo, mirando al campesino—. Oí tu voz mucho tiempo, antes de darte un nombre.
Eras uno de esos que iban por el llano buscando a alguien que nunca se decidía a aparecer.
El campesino lo miró sorprendido, como si hasta ese momento no hubiera caído en la cuenta de quién era realmente el hombre que tenía delante.
—¿Y por qué me llamaste como me llamaste? —preguntó—. ¿Por qué me echaste a caminar por esos caminos secos, detrás de un padre que se parecía tanto a todos los padres que nunca llegan?
La pregunta se quedó suspendida entre los dos, como una hoja seca en un remolino de aire que no termina de decidir en qué esquina caer.
Yo me acerqué un poco, fingiendo que limpiaba una mesa cercana. En la Posada del Cielo uno aprende pronto que hay conversaciones que no se pueden perder, aunque lleves siglos oyendo a gente hablar de sus muertos. (1/2…)