En esta cuarta entrega de La Posada del Cielo, Juan Rulfo sigue sentado frente a uno de sus muertos. Entre tragos y silencios escucha cómo Comala sigue ardiendo en las voces que él escribió y en la memoria de quienes son incapaces de desprenderse del recuerdo.

Juan Rulfo y un habitante de Comala (2)

«Seguir habitando un lugar que ya no existe» (2).Yo, fingiendo que limpiaba una mesa próxima, me había acercado a ellos para no perderme nada. En el aire seguía sonando la pregunta del campesino:


—¿Por qué me llamaste como me llamaste? ¿Por qué me echaste a caminar por esos caminos secos, detrás de un padre que se parecía tanto a todos los padres que nunca llegan?

Rulfo mantuvo la mirada fija en su vaso, sin alzarla.


—Porque alguien tenía que ir —dijo por fin—. Alguien tenía que caminar esos caminos, escuchar esas voces, llegar a ese pueblo lleno de ausentes y darse cuenta de que lo único vivo que quedaba allí era la deuda.

El campesino apretó los puños sobre la mesa, pero no en gesto de rabia, sino como quien intenta sujetar algo que se le escapa entre los dedos.


—¿Y era yo el único? —susurró—. ¿No pudiste mandar a otro?

Rulfo sonrió apenas, una curva mínima en la comisura de los labios.


—No. Eras tú porque ya estabas allá antes de que yo te escribiera. Yo solo puse por escrito el camino que llevabas andado desde hacía mucho tiempo.

En la lámpara de la Posada tembló una luz más amarilla de lo habitual, como si recordara también alguna tarde de sol rajado sobre la tierra.

—Allá abajo —añadió Rulfo— hay pueblos que se mueren sin que nadie los nombre. La tierra se los traga como si nunca hubieran existido. Comala no. Comala se quedó diciendo “yo estuve aquí” en cada frase tuya y de los otros. Y ahora no puede morirse del todo.

El campesino se quedó callado un instante. No era un silencio vacío, sino lleno de pasos, de puertas que se abren despacio, de mujeres que asoman la cabeza para ver si el que viene por el camino es el que prometió volver.

—A veces —dijo— le tengo rabia a eso. Si no nos hubieras escrito, quizá ya nos habríamos apagado de una vez. Sin voces, sin recuerdos, sin promesas. Nada.

Se llevó la mano al pecho, como si buscara un latido que no estaba obligado a encontrar.

—Pero otras veces… —continuó—, cuando alguien allá arriba abre el libro y vuelve a Comala, nos dan un ratito de aire. Es como si nos aflojaran un poco la soga del cuello.

Rulfo lo miró entonces directamente, y en sus ojos estaba la mezcla incomprensible de un hombre que se sabe culpable y, al mismo tiempo, único cómplice posible de la salvación de algo.

—No supe hacer otra cosa —dijo—. Yo escuché esas voces y las puse en papel. Quizá lo injusto no fue que ustedes siguieran hablando allá, sino que yo me quedara tan callado después.

Se quedó pensando, con el vaso en la mano.

—Dicen que escribí poco —añadió—. Pero tú sabes que no es verdad.
Lo que pasa es que cuando los muertos hablan tanto, uno no se atreve a poner más ruido encima.

Yo pensé en cuántos escritores de esta Posada habían dicho distintas versiones de la misma frase: que su obra era apenas la superficie de un ruido mucho más hondo que nunca se atrevieron a transcribir del todo.

El campesino jugueteó con el borde del vaso, como si estuviera tanteando la orilla de un abismo.

—¿Y ahora? —preguntó—. ¿Qué hacemos con todo eso? Allá abajo seguimos repitiendo la misma historia. El padre que no aparece, la madre que se queda esperando, las tierras sin cosecha, las deudas que nos persiguen hasta el sueño. Y acá arriba usted, sentado, mirándome como si todavía estuviera pensando qué hacer conmigo.

Rulfo soltó una respiración que podría haber sido un suspiro o un viento lejano.

—Ahora —dijo— seguimos condenados a lo mismo: a que cada vez que alguien pronuncia la palabra Comala, ustedes se levanten de su media muerte y yo vuelva a escuchar sus pasos. No hay descanso para los que hemos sido recordados.

El campesino bajó la mirada. No parecía una queja, ni una rendición. Más bien, algo parecido a la aceptación de una condena demasiado antigua como para seguir discutiéndola.

—A veces —dijo en voz baja— creo que es mejor así.
Peor sería que nadie nos recordara ni siquiera para maldecirnos.

En ese momento, la Posada entera pareció encogerse un poco, como si el techo bajara unos centímetros para escuchar mejor. Yo pensé en Macondo, en Comala, en tantos pueblos que se habían sentado ya en esas mesas, trayendo consigo su propio clima, sus propias plegarias, sus propios muertos.

Rulfo apuró el vaso. Sus ojos se hicieron más oscuros todavía.

—Mira —dijo—, hay pueblos que solo existen mientras alguien los nombra. Tú y los tuyos están condenados a seguir vivos en esas páginas.

El campesino levantó la vista, y por un instante su mirada tuvo un brillo que no era ni de rabia ni de tristeza, sino de algo raro, casi parecido al orgullo.

—Entonces no fue del todo en vano —murmuró.

Yo serví otra ronda sin preguntar. En la Posada del Cielo uno aprende que hay confesiones que solo se pueden hacer con el vaso lleno.

El campesino tomó el nuevo trago con más soltura. Miró a su alrededor, como si reconociera algo en aquel lugar sin mapa.

—¿Y aquí? —me preguntó de pronto, volteándose hacia la barra—. ¿También se queda la gente pegada a las paredes como en Comala?

No supe qué responderle. Miré las botellas, las sillas vacías, las mesas que habían soportado siglos de codos apoyados. A veces he pensado que esta Posada no está en el cielo ni en la tierra, sino en ese espacio donde las historias vienen a tomarse el último trago antes de volverse recuerdo.

—Aquí —dije al fin— la gente se queda mientras haya alguien dispuesto a escucharla. Cuando nadie quiere oír más, se van desdibujando solos.

Rulfo asintió, como si esa fuera una regla que conociera de siempre.

—Entonces esta Posada —dijo— se parece mucho a un libro. Solo existe de verdad cuando alguien la abre.

En el rincón donde estaba su mesa, el aire se llenó de una quietud espesa. El campesino miró a Rulfo, como si quisiera preguntarle algo más y, al mismo tiempo, supiera que ninguna respuesta le serviría ya de mucho.

—¿Y usted, don Juan? —se atrevió por fin—. ¿Está arrepentido de habernos hecho hablar tanto?

Rulfo tomó el sombrero, lo giró entre las manos y lo dejó sobre la mesa, boca abajo.

—No —dijo—. Lo único de lo que uno se arrepiente al final es de las voces que no dejó salir.

El campesino cerró los ojos un instante, quizás para oír mejor. Tal vez, allá lejos, Comala seguía murmurando.

El escritor y su criatura se quedaron en silencio, cada uno escuchando un pueblo distinto dentro de su propia cabeza. Yo, desde la barra, comprendí que esa era su condena compartida: seguir habitando un lugar que ya no existe, sostenido únicamente por la obstinación de la memoria.

En ese rincón de la Posada del Cielo, donde la tierra de los zapatos deja un rastro que nadie barre del todo, Juan Rulfo y uno de sus muertos aceptaron, sin decirlo, que ni siquiera el olvido está garantizado cuando alguien se ha atrevido a nombrarte.

Y mientras les servía el último trago de la noche, supe que Comala se había ganado otra mesa en este lugar: una mesa donde los huéspedes no piden nada, porque traen consigo el eco suficiente para llenar la Posada entera.